“No estoy acostumbrado a hablar en público o a escribir, y menos todavía si se trata de mí mismo o mi trabajo...Quien quiera saber algo sobre mí, como artista digno de interés, debe contemplar mis cuadros con atención e intentar reconocer en ellos lo que soy y lo que busco”.
G. KLIMT

Amor, 1895. Museo de Historia de Viena
Pili Egea

Nací en el 1973 en Barcelona y soy una apasionada de la literatura y las artes en general.

Realicé clases de técnica de novela y cuento en Aula de Lletres (Aula de Letras) de Barcelona y un curso de Producción Editorial. He realizado un curso de Producción Editorial y otro de Modernidad y Posmodernidad.
En la actualidad estoy en ASDI (centro para disminuidos), y asisto a un grupo de lectura. También tengo un libro de cuentos.

El artista

1892. Gustav entra a ser miembro de la Asociación de Pintores Vieneses, fundada treinta años antes. Pero a los siete años, Klimt deja la asociación. Ese mismo año, la desgracia se ceba, otra vez sobre la familia de Gustav; el padre y Ernst mueren el mismo año, éste último a causa de una enfermedad infecciosa. Ernst sólo contaba con 28 años; dejando a Gustav con la responsabilidad de proteger a su pequeña sobrina y a su cuñada.
En los siguientes años pinta diversos cuadros, entre ellos Amor y Música I. Junto a la familia Flogë pasará muchas vacaciones de verano en los Alpes, de ahí saldrán muchos paisajes que Gustav plasmará en sus telas.

El comienzo del artista dorado




En Baumgarten, un suburbio de Viena, el 14 de julio del 1862 nace Gustav Klimt, siendo el segundo hijo de siete de un matrimonio humilde. Tal como Gustav, su hermano Ernst nace con aptitudes para la pintura pero su muerte a los 28 años le impedirá llegar a ser un artista reconocido. Los estudios de Klimt son escasos y debido a las limitaciones económicas de la familia no asistirá a la universidad. Pero los proyectos de Francisco José I por reconstruir Viena, años después para el pintor, será una fuente de trabajo artística.

En 1874, la tragedia cae sobre la familia Klimt. Anna, hermana del pintor, muere a causa de una larga enfermedad con sólo cinco años. A raíz de ese hecho, Klara otra hermana, sufre problemas psicológicos que le dejará secuelas de por vida. Su madre también será victima de grandes depresiones.

A muy temprana edad, Gustav muestra dotes artísticas y con tan sólo catorce años gana una beca. Esto le ayudará a ingresar en la Escuela de Artes y Oficios de Viena; Ernst y su otro hermano también acceden a dicha escuela. Los hermanos Klimt son destacables a los ojos de los profesores. En 1880, a Gustav, Ernst y Franz Matsch le encargan decorar la sala de juntas del Palacio Sturany. Con éste y otros trabajos, Gustav se destaca como muralista. En 1883, el joven pintor termina su formación.

A raíz del enlace de Ernst con Helene Flogë, Gustav y Emilie se conoce en el 1891. Gustav es doce años mayor que la joven Emilie.

Fábrica de sueños (fragmento)



Por la ventana de mi piso de París se ve una alfombra blanca cubriendo los techos de las casas. Doy unos pasos acercándome a ella y me asomo. Este paisaje blanco me recuerda a Austria. Viena, cuando nevaba era una ciudad hermosa, la hermosa. De nuevo froto mis brazos, hace frío. Cierro los ojos y aspiro profundamente el olor de pinturas y disolventes que inunda la estancia. Ese olor penetra por mi nariz, deslizándose por el alma hasta detenerse en mi corazón, vistiéndolo con tonos dorados. Ese olor siempre me recuerda a él. Cierro los ojos e invoco su imagen.

Miré por la ventana, las casitas y calles de Viena estaban nevadas. Giré sobre mis talones, abrí los párpados y lo miré. Le sonrió. Y él, ladeando la cabeza me respondió con un guiño. Pero inmediatamente volvió a sumergirse en la gigantesca tela en la cual estaba trabajando. Mis pasos se encaminaron hacia él y mi corazón también. Estaba vestida con una túnica blanca, preparada para la nueva creación de mi profesor, el gran maestro de toda Austria. Yo era su alumna, la favorita, según él. Y su amante… Su estudio era una estancia no muy grande, donde bailan deseos, colores y sueños. En ocasiones, por la mañana, al estudio de Gustav Klimt la gente me detenía para saber como éra la habitación donde ir él pintaba. Siempre contesté lo mismo: que era una fábrica de sueños donde reinaba el orden en el desorden. A continuación alzaba la mirada a las nubes y les explicaba:

El estudio olía a colores líquidos y a pasión. A sueños dorados, a melancolía. Tenía un gran ventanal donde habitaba una cortina de corte veneciano… imaginaba que de nueva debía haber sido majestuosa. Pero en esos momentos parecía un ser dormido, manchado con diferentes pinceladas. La música de Mozart se escapaba del gramófono elegante y colosal. A Gustav le gustaba crear así… Decía que cada una de las notas le penetraba por los poros de la piel, fluía por la sangre y en su cerebro las transformaba en creatividad. De esa manera el pincel correteaba sin obstáculo ninguno por la tela del cuadro. Al lado del gramófono siempre estaba reposando un vaso medio lleno de un café aburrido. A mi maestro le encantaba beber a sorbos tan espaciados que había días en los cuales anochecía y el café seguía allí, escuálido. En el suelo estaban desperdigados sus bártulos de pintura: pinceles de diferentes tamaños, trapos manchados de colores, botes de aguarrás, espátulas, paletas… Las salpicaduras adheridas hacían de las paredes cuadros de dibujos abstractos, todo un reto para un distinguido miembro de Art Nouveau.

Lo que más me gustaba del estudio era la tarima mágica, como la llamaba. Era una plataforma de madera cubierta por una sábana amarillenta, a ella se habían subido las mujeres más bellas de todo el Imperio Austro Húngaro. Pero en aquella ocasión la reina sería yo, era mi momento...